Medianoche en Madrid

Me gusta el café con leche y sin azúcar.

Una vez, alguien me dijo que no era una amante real del café hasta que no era capaz de tomarme un buen expresso… Bueno, he de discrepar. Sé que lo del expresso llegará con la edad, al igual que mi paladar está aprendiendo cada año a apreciar mejores vinos. Aún así, el café tiene que ser fuerte y no me vale cualquiera, aunque después lo mezcle con leche.

El caso es que la dosis de cafeína me permite realizar muchas tareas durante el día y hoy, me ha sobrado energía para el blog, no es una noticia estupenda?!

Supuestamente, debería hablar de algún tipo de vestimenta bonita que me llame la atención para este verano, de algún color bonito de uñas o de algunos zapatos que me parezcan los más indicados para las ocasiones especiales, pero el caso es que no me apetece hablar de nada de eso.

Me apetece hablar de la ilusión que me hace devorar un kilo de helado de chocolate mientras veo una de mis películas favoritas… y de cómo me alimentan el alma los movimientos literarios del siglo XIX, reflejados en novelas que te llevan literalmente allí. Pero en fin, ¿qué sabré yo? Solo soy una niña que camina felizmente descalza por el parque con una falda de tul rosa… O con un vestido retro con esos cuellos Peter Pan que me fascinan.

A pesar de mi cursilería decimonónica y de que estoy atrapada en un siglo que no es el mío (o sí), me intrigan los acontecimientos del exterior comparados con los de mi mente. Soy como el personaje de «Medianoche en Paris» que se escapa todas las noches a los años 20 de la capital francesa.

¿Cómo no va a escaparse, si es para tomarse una copa con Hemingway o con Fitzgerald? Oh, y esa maravillosa Gertrude Stein… «El trabajo del artista no es sucumbir a la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia». No sé en qué momento de inspiración divina se encontraría Woody Allen cuando le puso esta replica que roza la perfección al personaje de Stein, pero a mí me sacó un «Oh, Dios»… de esos que no sabes si es que te estás acercando a la creencia religiosa en sí o es una sensación orgásmica de tu mente.

En definitiva, sé que era mucho más fácil entonces… Lo de ser un erudito y poder filosofar todo el día. Los intelectuales estaban gordos y tenían dinero… y yo soy una flacucha pobre y delicada con gustos muy caros, pero ¡qué bonito es soñar con los ojos abiertos! Y ahora es cuando corro el peligro de convertir esta publicación en el típico mensaje positivo con carácter vomitivo (o de autoayuda, pero viene a ser lo mismo, roza el pleonasmo).

Que sí, que la vida es una mierda. Pero puede ser una mierda llevada con mucha elegancia. Ay, aquí es un buen momento para hablar de vestidos, ¿no?

Buenas noches.

Con amor,

I.

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